martes, 24 de abril de 2007

El principio del estado

EL PRINCIPIO DEL ESTADO
Mijail Bakunin







En el fondo, la conquista no sólo es el origen, es también el fin supremo de todos los Estados grandes o pequeños, poderosos o débiles, despóticos o liberales, monárquicos o aristocráticos, democráticos y socialistas también, suponiendo que el ideal de los socialistas alemanes, el de un gran Estado comunista, se realice alguna vez.




Que ella fue el punto de partida de todos los Estados, antiguos y modernos, no podrá ser puesto en duda por nadie, puesto que cada página de la historia universal lo prueba suficientemente. Nadie negará tampoco que los grandes Estados actuales tienen por objeto, más o menos confesado, la conquista. Pero los Estados medianos y sobre todo los pequeños, se dirá, no piensan más que en defenderse y sería ridículo por su parte soñar en la conquista.




Todo lo ridículo que se quiera, pero sin embargo es su sueño, como el sueño del más pequeño campesino propietario es redondear sus tierras en detrimento del vecino; redondearse, crecer, conquistar a todo precio y siempre, es una tendencia fatalmente inherente a todo Estado, cualquiera que sea su extensión, su debilidad o su fuerza, porque es una necesidad de su naturaleza. ¿Qué es el Estado si no es la organización del poder? Pero está en la naturaleza de todo poder la imposibilidad de soportar un superior o un igual, pues el poder no tiene otro objeto que la dominación, y la dominación no es real más que cuando le está sometido todo lo que la obstaculiza; ningún poder tolera otro más que cuando está obligado a ello, es decir, cuando se siente impotente para destruirlo o derribarlo. El solo hecho de un poder igual es una negación de su principio y una amenaza perpetua contra su existencia; porque es una manifestación y una prueba de su impotencia. Por consiguiente, entre todos los Estados que existen uno junto al otro, la guerra es permanente y su paz no es más que una tregua.




Está en la naturaleza del Estado el presentarse tanto con relación a sí mismo como frente a sus súbditos, como el objeto absoluto. Servir a su prosperidad, a su grandeza, a su poder, esa es la virtud suprema del patriotismo. El Estado no reconoce otra, todo lo que le sirve es bueno, todo lo que es contrario a sus intereses es declarado criminal; tal es la moral de los Estados.




Es por eso que la moral política ha sido en todo tiempo, no sólo extraña, sino absolutamente contraria a la moral humana. Esa contradicción es una consecuencia inevitable de su principio: no siendo el Estado más que una parte, se coloca y se impone como el todo; ignora el derecho de todo lo que, no siendo él mismo, se encuentra fuera de él, y cuando puede, sin peligro, lo viola. El Estado es la negación de la humanidad.




¿Hay un derecho humano y una moral humana absolutos? En el tiempo que corre y viendo todo lo que pasa y se hace en Europa hoy , está uno forzado a plantearse esta cuestión. Primeramente; ¿existe lo absoluto, y no es todo relativo en este mundo? Respecto de la moral y del derecho: lo que se llamaba ayer derecho ya no lo es hoy, y lo que parece moral en China puede no ser considerado tal en Europa. Desde este punto de vista cada país, cada época no deberían ser juzgados más que desde el punto de vista de las opiniones contemporáneas y locales, y entonces no habría ni derecho humano universal ni moral humana absoluta.




De este modo, después de haber soñado lo uno y lo otro, después de haber sido metafísicos o cristianos, vueltos hoy positivistas, deberíamos renunciar a ese sueño magnífico para volver a caer en las estrecheces morales de la antigüedad, que ignoran el nombre mismo de la humanidad, hasta el punto de que todos los dioses no fueron más que dioses exclusivamente nacionales y accesibles sólo a los cultos privilegiados.




Pero hoy que el cielo se ha vuelto un desierto y que todos los dioses, incluso naturalmente, el Jehová de los judíos, se hallan destronados, hoy sería eso poco todavía: volveríamos a caer en el materialismo craso y brutal de Bismarck, de Thiers y de Federico II, de acuerdo a los cuales dios está siempre de parte de los grandes batallones, como dijo excelentemente este último; el único objeto digno de culto, el principio de toda moral, de todo derecho, sería la fuerza; esa es la verdadera religión del Estado.




¡Y bien, no! Por ateos que seamos y precisamente porque somos ateos, reconocemos una moral humana y un derecho humano absolutos. Sólo que se trata de entenderse sobre la significación de esa palabra absoluto. Lo absoluto universal, que abarca la totalidad infinita de los mundos y de los seres, no lo concebimos, porque no sólo somos incapaces de percibirlo con nuestros sentidos, sino que no podemos siquiera imaginarlo. Toda tentativa de este género nos volvería a llevar al vacío, tan amado de los metafísicos, de la abstracción absoluta.




Lo absoluto de que nosotros hablamos es un absoluto muy relativo y en particular relativo exclusivamente para la especie humana. Esta última está lejos de ser eterna; nacida sobre la tierra, morirá en ella, quizás antes que ella, dejando el puesto, según el sistema de Darwin, a una especie más poderosa, más completa, más perfecta. Pero en tanto que existe, tiene un principio que le es inherente y que hace que sea precisamente lo que es: es ese principio el que constituye, en relación a ella, lo absoluto. Veamos cuál es ese principio.




De todos los seres vivos sobre esta tierra, el hombre es a la vez el más social y el mas individualista. Es sin contradicción también el mas inteligente. Hay tal vez animales que son más sociales que él, por ejemplo las abejas, las hormigas; pero al contrario, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y como aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada par sí mismos. Parece que existe una ley natural, conforme a la cual cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.




El hombre, animal feroz por excelencia, es el más individualista de todos. Pero al mismo tiempo –y este es uno de sus rasgos distintivos- es eminente, instintiva y fatalmente socialista. Esto es de tal modo verdadero que su inteligencia misma, que lo hace tan superior a todos los seres vivos y que lo constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna.




Y en efecto, sabemos bien que es imposible pensar sin palabras: al margen o antes de la palabra pudo muy bien haber representaciones o imágenes de las cosas, pero no hubo pensamientos. El pensamiento vive y se desarrolla solamente con la palabra. Pensar es, pues, hablar mentalmente consigo mismo. Pero toda conversación supone al menos dos personas, la una sois vosotros, ¿quién es la otra? Es todo el mundo humano que conocéis.




El hombre, en tanto que individuo animal, como los animales de todas las otras especies, desde el principio y desde que comienza a respirar, tiene el sentimiento inmediato de su existencia individual; pero no adquiere la conciencia reflexiva de si, conciencia que constituye propiamente su personalidad, más que por medio de la inteligencia, y por consiguiente sólo en la sociedad. Vuestra personalidad más íntima, la conciencia que tenéis de vosotros mismos en vuestro fuero interno, no es en cierto modo más que el reflejo de vuestra propia imagen, repercutida y enviada de nuevo como por otros tantos espejos por la conciencia tanto colectiva como individual de todos los seres humanos que componen vuestro mundo social. Cada hombre que conocéis y con el cual os halláis en relaciones, sean directas sean indirectas, determina más o menos vuestro ser más íntimo, contribuye a haceros lo que sois, a constituir vuestra personalidad. Por consiguiente, si estáis rodeados de esclavos, aunque seáis su amo, no dejáis de ser un esclavo, pues la conciencia de los esclavos no puede enviaros sino vuestra imagen envilecida. La imbecilidad de todos os imbeciliza, mientras que la inteligencia de todos os ilumina, os eleva; los vicios de vuestro medio social son vuestros vicios y no podríais ser hombres realmente libres sin estar rodeados de hombres igualmente libres, pues la existencia de un solo esclavo basta para aminorar vuestra libertad. En la inmortal declaración de los derechos del hombre, hecha por la Convención nacional, encontramos expresada claramente esa verdad sublime, que la esclavitud de un solo ser humano es la esclavitud de todos.




Contienen toda la moral humana, precisamente lo que hemos llamado la moral absoluta, absoluta sin duda en relación sólo a la humanidad, no en relación al resto de los seres, no menos aún en relación a la totalidad infinita de los mundos, que nos es eternamente desconocida. La encontramos en germen más o menos en todos los sistemas de moral que se han producido en la historia y de los cuales fue en cierto modo como la luz latente, luz que por lo demás no se ha manifestado, con mucha frecuencia, más que por reflejos tan inciertos como imperfectos. Todo lo que vemos de absolutamente verdadero, es decir, de humano, no es debido más que a ella.




¿Y cómo habría de ser de otra manera, si todos los sistemas de moral que se desarrollaron sucesivamente en el pasado, lo mismo que todos los demás desenvolvimientos del hombre, incluso los desenvolvimientos teológicos y metafísicos, no tuvieron jamás otra fuente que la naturaleza humana, no han sido sus manifestaciones más o menos imperfectas? Pero esta ley moral que llamamos absoluta, ¿qué es sino la expresión más pura, la más completa, la más adecuada, como dirían los metafísicos, de esa misma naturaleza humana, esencialmente socialista e individualista a la vez?




El defecto principal de los sistemas de moral enseñados en el pasado, es haber sido exclusivamente socialistas o exclusivamente individualistas. Así, la moral cívica, tal como nos ha sido transmitida por los griegos y los romanos, fue una moral exclusivamente socialista, en el sentido que sacrifica siempre la individualidad a la colectividad: sin hablar de las miríadas de esclavos que constituyen la base de la civilización antigua, que no eran tenidos en cuenta más que como cosas, la individualidad del ciudadano griego o romano mismo fue siempre patrióticamente inmolada en beneficio de la colectividad constituida en Estado. Cuando los ciudadanos, cansados de esa inmolación permanente, se rehusaron al sacrificio, las repúblicas griegas primero, después romanas, se derrumbaron. El despertar del individualismo causó la muerte de la antigüedad.




Ese individualismo encontró su más pura y completa expresión en las religiones monoteístas, en el judaísmo, en el mahometanismo y en el cristianismo sobre todo. El Jehová de los judíos se dirige aún a la colectividad, al menos bajo ciertas relaciones, puesto que tiene un pueblo elegido, pero contiene ya todos los gérmenes de la moral exclusivamente individualista.




Debería ser así: los dioses de la antigüedad griega y romana no fueron en último análisis más que los símbolos, los representantes supremos de la colectividad dividida, del Estado. Al adorarlos, se adoraba al Estado, y toda la moral que fue enseñada en su nombre no pudo por consiguiente tener otro objeto que la salvación, la grandeza y la gloria del Estado.




El dios de los judíos, déspota envidioso, egoísta y vanidoso si los hay, se cuidó bien, no de identificar, sino sólo de mezclar su terrible persona con la colectividad de su pueblo elegido, elegido para servirle de alfombra predilecta a lo sumo, pero no para que se atreviera a levantarse hasta él. entre él y su pueblo hubo siempre un abismo. Por otra parte, no admitiendo otro objeto de adoración que él mismo, no podía soportar el culto al Estado. Por consiguiente, de los judíos, tanto colectiva como individualmente, no exigió nunca más que sacrificios para sí, jamás para la colectividad o para la grandeza y la gloria del Estado.




Por lo demás, los mandamientos de Jehová, tal como nos han sido transmitidos por el decálogo, no se dirigen casi exclusivamente más que al individuo: no constituyen excepción más que aquellos cuya ejecución supera las fuerzas del individuo y exige el concurso de todos; por ejemplo: la orden tan singularmente humana que incita a los judíos a extirpar hasta el último, incluso las mujeres y niños, a todos los paganos que encuentren en la tierra prometida, orden verdaderamente digna del padre de nuestra santa trinidad cristiana, que se distingue, como se sabe, por su amor exuberante hacia esta pobre especie humana.




Todos los otros mandamientos no se dirigen más que al individuo; no matarás (exceptuados los casos muy frecuentes en que te lo ordene yo mismo, habría debido añadir); no robarás ni la propiedad ni la mujer ajenas (siendo considerada esta última como una propiedad también); respetarás a tus padres. Pero sobre todo me adorarás a mí, el dios envidioso, egoísta, vanidoso y terrible, y si no quieres incurrir en mi cólera, me cantarás alabanzas y te prosternarás eternamente ante mí.




En el mahometanismo no existe ni la sombra del colectivismo nacional y restringido que domina en las religiones antiguas y del que se encuentran siempre algunos débiles restos hasta en el culto judaico. El Corán no conoce pueblo elegido; todos los creyentes, a cualquier nación o comunidad que pertenezcan, son individualmente, no colectivamente, elegidos de dios. Así, los califas, sucesores de Mahoma, no se llamarán nunca Sión, jefes de los creyentes.




Pero ninguna religión impulsó tan lejos el culto del individualismo como la religión cristiana. Ante las amenazas del infierno y las promesas absolutamente individuales del paraíso, acompañadas de esta terrible declaración que sobre muchos llamados habrá sino muy pocos elegidos, la religión cristiana provocó un desorden, un general sálvese el que pueda; una especie de carrera de apuesta en que cada cual era estimulado sólo por una preocupación única, la de salvar su propia almita. Se concibe que una tal religión haya podido y debido dar el golpe de gracia a la civilización antigua, fundada exclusivamente en el culto a la colectividad, a la patria, al Estado y disolver todos sus organismos, sobre todo en una época en que moría ya de vejez. ¡El individualismo es un disolvente tan poderoso! Vemos la prueba de ello en el mundo burgués actual.




A nuestro modo de ver, es decir según nuestro punto de vista de la moral humana, todas las religiones monoteístas, pero sobre todo la religión cristiana, como la más completa y la más consecuente de todas, son profunda, esencial, principalmente inmorales: al crear su dios, han proclamado la decadencia de todos los hombres, de los cuales no admitieron la solidaridad más que en el pecado; y al plantear el principio de la salvación exclusivamente individual, han renegado y destruido, tanto como les fue posible hacerlo, la colectividad humana, es decir el principio mismo de la humanidad.




No es extraño que se haya atribuido al cristianismo el honor de haber creado la idea de la humanidad, de la que, al contrario, fue el negador más completo y más absoluto. Bajo un aspecto pudo reivindicar este honor, pero solamente bajo uno: ha contribuido de una manera negativa, cooperando potentemente a la destrucción de las colectividades restringidas y parciales de la antigüedad, apresurando la decadencia natural de las patrias y de las ciudades que, habiéndose divinizado en sus dioses, formaban un obstáculo a la constitución de la humanidad; pero es absolutamente falso decir que el cristianismo haya tenido jamás el pensamiento de constituir esta última, o que haya comprendido o siquiera presentido lo que llamamos hoy la solidaridad de los hombres, ni la humanidad, que es una idea completamente moderna, entrevista por el Renacimiento, pero concebida y enunciada de una manera clara y precisa sólo en el siglo XVIII.




El cristianismo no tiene absolutamente nada que hacer con la humanidad, por la simple razón de que tiene por objeto único la divinidad, pues una excluye a la otra. La idea de la humanidad reposa en la solidaridad fatal, natural, de todos los hombres. Pero el cristianismo, hemos dicho, no reconoce esa solidaridad más que en el pecado, y la rechaza absolutamente en la salvación, en el reino de ese dios que sobre muchos llamados no hace gracia más que a muy pocos elegidos, y que en su justicia adorable, impulsado sin duda por ese amor infinito que lo distingue, antes mismo de que los hombres hubiesen nacido sobre esta tierra, había condenado a la inmensa mayoría a los sufrimientos eternos del infierno, y eso para castigarlos por un pecado cometido, no por ellos mismos, sino por sus antepasados primeros, que estuvieron obligados a cometerlo: el pecado de infligir una desmentida a la presciencia divina.




Tal es la lógica sana y la base de toda moral cristiana ¿Qué tienen que hacer con la lógica y la moral humanas?




En vano se esforzarán por probarnos que el cristianismo reconoce la solidaridad de los hombres, citándonos fórmulas del evangelio que parecen predecir el advenimiento de un día en que no habrá más que un solo pastor y un solo rebaño; en que se nos mostrará la iglesia católica romana, que tiende incesantemente a la realización de ese fin por la sumisión del mundo entero al gobierno del papa. La transformación de la humanidad entera en un rebaño, así como la realización, felizmente imposible, de esa monarquía universal y divina no tiene absolutamente nada que ver con el principio de la solidaridad humana, que es lo único que constituye lo que llamamos humanidad. No hay ni la sombra de esa solidaridad en la sociedad tal como la sueñan los cristianos y en la cual no se es nada por la gracia de los hombres, sino todo por la gracia de dios, verdadero rebaño de carneros disgregados y que no tienen ni deben tener ninguna relación inmediata y natural entre si, hasta el punto que les es prohibido unirse para la reproducción de la especie sin el permiso o la bendición de su pastor, pues sólo el sacerdote tiene derecho a casarlos en nombre de ese dios que forma el único rasgo de una unión legítima entre ellos: separados fuera de él, los cristianos no se unen ni pueden unirse más que en él. Fuera de esa sanción divina, todas las relaciones humanas, aun los lazos de la familia, son alcanzados por la maldición general que afecta a la creación; son reprobados la ternura de los padres, de los esposos, de los hijos, la amistad fundada en la simpatía y en la estima recíprocas, el amor y el respeto de los hombres, la pasión de lo verdadero, de lo justo y de lo bueno, la de la libertad, y la más grande de todas, la que implica todas las demás, la pasión de la humanidad; todo eso es maldito y no podría ser rehabilitado más que por la gracia de dios. todas las relaciones de hombre a hombre deben ser santificadas por la intervención divina; pero esa intervención las desnaturaliza, loas desmoraliza, las destruye. Lo divino mata lo humano y todo el culto cristiano no consiste propiamente más que en esa inmolación perpetua de lo humano en honor de la divinidad.




Que no se objete que el cristianismo ordena a los niños a mar a sus padres, a los padres a amar a sus hijos, a los esposos afeccionarse mutuamente. Sí, les manda eso, pero no les permite amarlo inmediata, naturalmente y por sí mismos, sino sólo en dios y por dios; no admite todas esas relaciones actuales más que a condición de que dios se encuentre como tercero, y ese terrible tercero mata las uniones. El amor divino aniquila el amor humano. El cristianismo ordena, es verdad, amar a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos, pero nos ordena al mismo tiempo amar a dios más que a nosotros mismos y por consiguiente también más que al prójimo, es decir sacrificarle el prójimo por nuestra salvación, porque al fin de cuentas el cristiano no adora a dios más que por la salvación de su alma.




Aceptando a dios, todo eso es rigurosamente consecuente: dios es lo infinito, lo absoluto, lo eterno, lo omnipotente; el hombre es lo finito, lo impotente. En comparación con dios, bajo todos los aspectos, no es nada. Sólo lo divino es justo, verdadero, dichoso y bueno, y todo lo que es humano en el hombre debe ser por eso mismo declarado falso, inicuo, detestable y miserable. El contacto de la divinidad con esa pobre humanidad debe devorar, pues, necesariamente, consumir, aniquilar todo lo que queda de humano en los hombres.




La intervención divina en los asuntos humanos no ha dejado nunca de producir efectos excesivamente desastrosos. Pervierte todas las relaciones de los hombres entre sí y reemplaza su solidaridad natural por la práctica hipócrita y malsana de las comunidades religiosas, en las que bajo las apariencias de la caridad, cada cual piensa sólo en la salvación de su alma, haciendo así, bajo el pretexto del amor divino, egoísmo humano excesivamente refinado, lleno de ternura para sí y de indiferencia, de malevolencia y hasta de crueldad para el prójimo. Eso explica la alianza íntima que ha existido siempre entre el verdugo y el sacerdote, alianza francamente confesada por el célebre campeón del ultramontanismo, Joseph de Maistre, cuya pluma elocuente, después de haber divinizado al papa, no dejó de rehabilitar al verdugo; uno era en efecto el complemento del otro.




Pero no es sólo en la iglesia católica donde existe y se produce esa ternura excesiva hacia el verdugo. Los ministros sinceramente religiosos y creyentes de los diferentes cultos protestantes, ¿no han protestado unánimemente en nuestros días contra la abolición de la pena de muerte? No cabe duda que el amor divino mata el amor de los hombres en los corazones que están penetrados de él; tampoco cabe duda que todos los cultos religiosos en general, pero entre ellos el cristianismo sobre todo, no han tenido jamás otro objeto que el sacrificio de los hombres a los dioses. Y entre todas las divinidades de que nos habla la historia, ¿hay una sola que haya hecho verter tantas lágrimas y sangre como ese buen dios de los cristianos o que haya pervertido hasta tal punto las inteligencias, los corazones y todas las relaciones de los hombres entre sí?




Bajo esta influencia malsana, el espíritu se eclipsó y la investigación ardiente de la verdad se transformó en un culto complaciente a la mentira; la dignidad humana se envilecía, el hombre (una palabra ilegible en el original) se convertía en traidor, la bondad cruel, la justicia inicua y el respeto humano se transformaron en un desprecio creyente para los hombres; el instinto de la libertad terminó en el establecimiento de la servidumbre, y el de la igualdad en la sanción de los privilegios más monstruosos. La caridad, al volverse delatora y persecutora, ordenó la masacre de los heréticos y las orgías sangrientas de la Inquisición; el hombre religioso se llamó jesuita, devoto o pietista 'renunciando a la humanidad se encaminó a la santidad' y el santo, bajo la apariencias de una humanidad más (una palabra ilegible en el original), se volvió hipócrita, y con la caridad ocultó el orgullo y el egoísmo inmensos de un yo humano absolutamente aislado que se ama a sí mismo en su dios. Porque no hay que engañarse: lo que el hombre religioso busca sobre todo y lo cree encontrar en la divinidad que ama, es a sí mismo, pero glorificado, investido por la omnipotencia e inmortalizado. También sacó de él muy a menudo pretextos e instrumentos para someter y para explotar el mundo humano.




He ahí, pues la primera palabra del culto cristiano: es la exaltación del egoísmo que, al romper toda solidaridad social, se ama a sí mismo en su dios y se impone a la masa ignorante de los hombres en nombre de ese dios, es decir en nombre de su yo humano, consciente e inconscientemente exaltado y divinizado por sí mismo. Es por eso también que los hombres religiosos son ordinariamente tan feroces: al defender a su dios, toman partido por su egoísmo, por su orgullo y por su vanidad.




De todo esto resulta que el cristianismo es la negación más decisiva y la más completa de toda solidaridad entre los hombres, es decir de la sociedad, y por consiguiente también de la moral, puesto que fuera de la sociedad, creo haberlo demostrado, no quedan más que relaciones religiosas del hombre aislado con su dios, es decir consigo mismo.




Los metafísicos modernos, a partir del siglo XVII, han tratado de restablecer la moral, fundándola, no en dios, sino en el hombre. Por desgracia, obedeciendo a las tendencias de su siglo, tomaron por punto de partida, no al hombre social, vivo y real, que es el doble producto de la naturaleza y de la sociedad, sino el yo abstracto del individuo, al margen de todos sus lazos naturales y sociales, aquel mismo a quien divinizó el egoísmo cristiano y a quien todas las iglesias, tanto católicas como protestantes, adoran como su dios.




¿Cómo nació el dios único de los monoteístas? Por la eliminación necesaria de todos los seres reales y vivos.




Para explicar lo que entendemos por eso, es necesario decir algunas cosas sobre la religión. No quisiéramos hablar de ella, pero en el tiempo que corre es imposible tratar cuestiones políticas y sociales sin tocar la cuestión religiosa.




Se pretendió erróneamente que el sentimiento religioso no es propio más que de los hombres; se encuentran perfectamente todos los elementos constitutivos en el reino animal, y entre esos elementos el principal es el miedo. "El temor de dios 'dicen los teólogos' es el comienzo de la sabiduría". Y bien, ¿no se encuentra ese temor excesivamente desarrollado en todos los animales, y no están todos los animales constantemente amedrentados? Todos experimentan un terror instintivo ante la omnipotencia que los produce, los cría, los nutre, es verdad, pero al mismo tiempo loas aplasta, los envuelve por todas partes, que amenaza su existencia a cada hora y que acaba siempre por matarlos.




Como los animales de todas las demás especies no tienen ese poder de abstracción y de generalización de que sólo el hombre está dotado, no se representan la totalidad de los seres que nosotros llamamos naturaleza, pero la sienten y la temen. Ese es el verdadero comienzo del sentimiento religioso.




No falta en ellos siquiera la adoración. Sin hablar del estremecimiento de alegría que experimentan todos los seres vivos al levantarse el sol, ni de sus gemidos a la aproximación de una de esas catástrofes naturales terribles que los destruyen por millares; no se tiene más que considerar, por ejemplo, la actitud del perro en presencia de su amo. ¿No está por completo en ella la del hombre ante dios?




Tampoco ha comenzado el hombre por la generalización de los fenómenos naturales, y no ha llegado a la concepción de la naturaleza como ser único más que después de muchos siglos de desenvolvimiento moral. El hombre primitivo, el salvaje, poco diferente del gorila, compartió sin duda largo tiempo todas las sensaciones y las representaciones instintivas del gorila; no fue sino a la larga como comenzó a hacerlas objeto de sus reflexiones, primero necesariamente infantiles, darles un nombre y por eso mismo a fijarlas en su espíritu naciente.




Fue así cómo tomó cuerpo el sentimiento religioso que tenía en común con los animales de las otras especies, cómo se transformó en una representación permanente y en el comienzo de una idea, la de la existencia oculta de un ser superior y mucho más poderoso que él y generalmente muy cruel y muy malhechor, del ser que le ha causado miedo, en una palabra, de su dios.




Tal fue el primer dios, de tal modo rudimentario, es verdad, que, el salvaje que lo busca por todas partes para conjurarlo, cree encontrarlo a veces en un trozo de madera, en un trapo, en un hueso o en una piedra: esa fue la época del fetichismo de que encontramos aún vestigios en el catolicismo.




Fueron precisos aún siglos, sin duda para que el hombre salvaje pasase del culto de los fetiches inanimados al de los fetiches vivos, al de los brujos. Llega a él por una larga serie de experiencias y por el procedimiento de la eliminación: no encontrando la potencia temible que quería conjurar en los fetiches, la busca en el hombre-dios, el brujo.




Más tarde y siempre por ese mismo procedimiento de eliminación y haciendo abstracción del brujo, de quien por fin la experiencia le demostró la impotencia, el salvaje adoró sucesivamente todos los fenómenos más grandiosos y terribles de la naturaleza: la tempestad, el trueno, el viento y, continuando así, de eliminación en eliminación, ascendió finalmente al culto del sol y de los planetas. Parece que el honor de haber creado ese culto pertenece a los pueblos paganos.




Eso era ya un gran progreso. Cuanto más se alejaba del hombre la divinidad, es decir la potencia que causa miedo, más respetable y grandiosa parecía. No había que dar más que un solo gran paso para el establecimiento definitivo del mundo religioso, y ese fue el de la adoración de una divinidad invisible.




Hasta ese salto mortal de la adoración de lo visible a la adoración de lo invisible, los animales de las otras especies habían podido, con rigor, acompañar a su hermano menor, el hombre, en todas sus experiencias teológicas. Porque ellos también adoran a su manera los fenómenos de la naturaleza. No sabemos lo que pueden experimentar hacia otros planetas; pero estamos seguros de que la Luna y sobre todo el Sol ejercen sobre ellos una influencia muy sensible. Pero la divinidad invisible no pudo ser inventada más que por el hombre.




Pero el hombre mismo, ¿por qué procedimiento ha podido descubrir ese ser invisible, del que ninguno de sus sentidos, ni su vista han podido ayudarle a comprobar la existencia real, y por medio de qué artificio ha podido reconocer su naturaleza y sus cualidades? ¿Cuál es, en fin, ese ser supuesto absoluto y que el hombre ha creído encontrar por encima y fuera de todas las cosas?

El procedimiento no fue otro que esa operación bien conocida del espíritu que llamamos abstracción o eliminación, y el resultado final de esa operación no puede ser más que el abstracto absoluto, la nada. Y es precisamente esa nada a la cual el hombre adora como su dios.




Elevándose por su espíritu sobre todas las cosas reales, incluso su propio cuerpo, haciendo abstracción de todo lo que es sensible o siquiera visible, inclusive el firmamento con todas las estrellas, el hombre se encuentra frente al vacío absoluto, a la nada indeterminada, infinita, sin ningún contenido, sin ningún límite.




En ese vacío, el espíritu del hombre que lo produjo por medio de la eliminación de todas las cosas, no pudo encontrar necesariamente más que a sí mismo en estado de potencia abstracta; viéndolo todo destruido y no teniendo ya nada que eliminar, vuelve a caer sobre sí en una inacción absoluta; y considerándose en esa completa inacción un ser diferente de sí, se presenta como su propio dios y se adora.




Dios no es, pues, otra cosa que el yo humano absolutamente vacío a fuerza de abstracción o de eliminación de todo lo que es real y vivo. Precisamente de ese modo lo concibió Buda, que, de todos los reveladores religiosos, fue ciertamente el más profundo, el más sincero, el más verdadero.




Sólo que Buda no sabía y no podía saber que era el espíritu humano mismo el que había creado ese dios-nada. Apenas hacia el fin del siglo último comenzó la humanidad a percatarse de ello, y sólo en nuestro siglo, gracias a los estudios mucho más profundos sobre la naturaleza y sobre las operaciones del espíritu humano, se ha llegado a dar cuenta completa de ello.




Cuando el espíritu humano creó a dios, procedió con la más completa ingenuidad; y sin saberlo, pudo adorarse en su dios-nada.




Sin embargo, no podía detenerse ante esa nada que había hecho él mismo, debía llenarla a todo precio y hacerla volver a la tierra, a la realidad viviente. Llegó a ese fin siempre con la misma ingenuidad y por el procedimiento más natural, más sencillo. Después de haber divinizado su propio yo en ese estado de abstracción o de vacío absoluto, se arrodilló ante él, lo adoró y lo proclamó la causa y el autor de todas las cosas; ese fue el comienzo de la teología.




Dios, la nada absoluta, fue proclamado el único ser vivo, poderoso y real, y el mundo viviente y por consecuencia necesaria la naturaleza, todas las cosas efectivamente reales y vivientes, al ser comparadas con ese dios fueron declaradas nulas. Es propio de la teología hacer de la nada lo real y de lo real la nada.




Procediendo siempre con la misma ingenuidad y sin tener la menor conciencia de lo que hacía, el hombre usó de un medio muy ingenioso y muy natural a la vez para llenar el vacío espantoso de su divinidad: le atribuyó simplemente, exagerándolas siempre hasta proporciones monstruosas, todas las acciones, todas las fuerzas, todas las cualidades y propiedades, buenas o malas, benéficas o maléficas, que encontró tanto en la naturaleza como en la sociedad. Fue así como la tierra, entregada al saqueo, se empobreció en provecho del cielo, que se enriqueció con sus despojos.




Resultó de esto que cuanto más se enriqueció el cielo –la habitación de la divinidad-, más miserable se volvió la tierra; y bastaba que una cosa fuese adorada en el cielo, para que todo lo contrario de esa cosa se encontrase realizada en este bajo mundo. Eso es lo que se llama ficciones religiosas; a cada una de esas ficciones corresponde, se sabe perfectamente, alguna realidad monstruosa; así, el amor celeste no ha tenido nunca otro efecto que el odio terrestre, la bondad divina no ha producido sino el mal, y la libertad de dios significa la esclavitud aquí abajo. Veremos pronto que lo mismo sucede con todas las ficciones políticas y jurídicas, pues unas y otras son por lo demás consecuencias o transformaciones de la ficción religiosa.




La divinidad asumió de repente ese carácter absolutamente maléfico. En las religiones panteístas de Oriente, en el culto de los brahamanes y en el de los sacerdotes de Egipto, tanto como en las creencias fenicias y siríacas, se presenta ya bajo un aspecto bien terrible. El Oriente fue en todo tiempo y es aún hoy, en cierta medida al menos, la patria de la divinidad despótica, aplastadora y feroz, negación del espíritu de la humanidad. Esa es también la patria de los esclavos, de los monarcas absolutos y de las castas.




En Grecia la divinidad se humaniza –su unidad misteriosa, reconocida en Oriente sólo por los sacerdotes, su carácter atroz y sombrío son relegados en el fondo de la mitología helénica-, al panteísmo sucede el politeísmo. El Olimpo, imagen de la federación de las ciudades griegas, es una especie de república muy débilmente gobernada por el padre de los dioses, Júpiter, que obedece él mismo los decretos del destino.




El destino es impersonal; es la fatalidad misma, la fuerza irresistible de las cosas, ante la cual debe plegarse todo, hombres y dioses. Por lo demás, entre esos dioses, creados por los poetas, ninguno es absoluto; cada uno representa sólo un aspecto, una parte, sea del hombre, sea de la naturaleza en general, sin cesar sin embargo de ser por eso seres concretos y vivos. Se completan mutuamente y forman un conjunto muy vivo, muy gracioso y sobre todo muy humano.




Nada de sombrío en esa religión, cuya teología fue inventada por los poetas, añadiendo cada cual libremente algún dios o alguna diosa nuevos, según las necesidades de las ciudades griegas, cada una de las cuales se honraba con su divinidad tutelar, representante de su espíritu colectivo. Esa fue la religión, no de los individuos, sino de la colectividad de los ciudadanos de tantas patrias restringidas y (la primera parte de una palabra ilegible)...mente libres, asociadas por otra parte entre sí más o menos por una especie de federación imperfectamente organizada y muy (una palabra ilegible).




De todos los cultos religiosos que nos muestra la historia, ese fue ciertamente el menos teológico, el menos serio, el menos divino y a causa de eso mismo el menos malhechor, el que obstaculizó menos el libre desenvolvimiento de la sociedad humana. La sola pluralidad de los dioses más o menos iguales en potencia era una garantía contra el absolutismo; perseguido por unos, se podía buscar la protección de los otros y el mal causado por un dios encontraba su compensación en el bien producido por otro. No existía, pues, en la mitología griega esa contradicción lógica y moralmente monstruosa, del bien y del mal, de la belleza y la fealdad, de la bondad y la maldad, del amor y el odio concentrados en una sola y misma persona, como sucede fatalmente en el dios del monoteísmo.




Esa monstruosidad la encontramos por completo activa en el dios de los judíos y de los cristianos. Era una consecuencia necesaria de la unidad divina; y, en efecto, una vez admitida esa unidad, ¿cómo explicar la coexistencia del bien y del mal? Los antiguos persas habían imaginado al menos dos dioses: uno, el de la luz y del bien, Ormuzd; el otro, el del mal y de las tinieblas, Ahriman; entonces era natural que se combatieran, como se combaten el bien y el mal y triunfan sucesivamente en la naturaleza y en la sociedad. Pero, ¿cómo explicar que un solo y mismo dios, omnipotente, todo verdad, amor, belleza, haya podido dar nacimiento al mal, al odio, a la fealdad, a la mentira?




Para resolver esta contradicción, los teólogos judíos y cristianos han recurrido a las invenciones más repulsivas y más insensatas. Primeramente atribuyeron todo el mal a Satanás. Pero Satanás, ¿de dónde procede? ¿Es, como Ahriman, el igual de dios? De ningún modo; como el resto de la creación, es obra de dios. Por consiguiente, ese dios fue el que engendró el mal. No, responden los teólogos; Satanás fue primero un ángel de luz y desde su rebelión contra dios se volvió ángel de las tinieblas. Pero si la rebelión es un mal –lo que está muy sujeto a caución, y nosotros creemos al contrario que es un bien, puesto que sin ella no habría habido nunca emancipación social-, si constituye un crimen, ¿quién ha creado la posibilidad de ese mal? Dios, sin duda, os responderán aun los mismos teólogos, pero no hizo posible el mal más que para dejar a los ángeles y a los hombres el libre arbitrio. ¿Y qué es el libre arbitrio? Es la facultad de elegir entre el bien y el mal, y decidir espontáneamente sea por uno sea por otro. Pero para que los ángeles y los hombres hayan podido elegir el mal, para que hayan podido decidirse por el mal, es preciso que el mal haya existido independientemente de ellos, ¿y quién ha podido darle esa existencia, sino dios?




También pretenden los teólogos que, después de la caída de Satanás, que precedió a la del hombre, dios, sin duda esclarecido por esa experiencia, no queriendo que otros ángeles siguieran el ejemplo de Satanás les privó del libre arbitrio, no dejándoles mas que la facultad del bien, de suerte que en lo sucesivo son forzosamente virtuosos y no se imaginan otra felicidad que la de servir eternamente como criados a ese terrible señor.




Pero parece que dios no ha sido suficientemente esclarecido por su primera experiencia, puesto que, después de la caída de Satanás, creó al hombre y, por ceguera o maldad, no dejó de concederle ese don fatal del libre arbitrio que perdió a Satanás y que debía perderlo también a él.

La caída del hombre, tanto como la de Satanás, era fatal, puesto que había sido determinada desde la eternidad en la presciencia divina. Por lo demás, sin remontar tan alto, nos permitiremos observar que la simple experiencia de un honesto padre de familia habría debido impedir al buen dios someter a esos desgraciados primeros hombres a la famosa tentación. El más simple padre de familia sabe muy bien que basta que se impida a los niños tocar una cosa para que un instinto de curiosidad invencible los fuerce absolutamente a tocarla. Por tanto, si ama a los hijos y si es realmente justo y bueno, les ahorrará esa prueba tan inútil como cruel.




Dios no tuvo ni esa razón ni esa bondad, ni esa (una palabra ilegible) y aunque supiese de antemano que Adán y Eva debían sucumbir a la tentación, en cuanto se cometió ese pecado, helo ahí que se deja llevar por un furor verdaderamente divino. No se contenta con maldecir a los desgraciados desobedientes, maldice a toda su descendencia hasta el fin de los siglos, condenando a los tormentos del infierno a millares de hombres que eran evidentemente inocentes, puesto que ni siquiera habían nacido cuando se cometió el pecado. No se contentó con maldecir a los hombres, maldijo con ellos a toda la naturaleza, su propia creación, que había encontrado él mismo tan bien hecha.




Si un padre de familia hubiese obrado de ese modo, ¿no se le habría declarado loco de atar? ¿Cómo se han atrevido los teólogos a atribuir a su dios lo que habrían considerado absurdo, cruel (una palabra ilegible), anormal de parte de un hombre? ¡Ah, es que han tenido necesidad de ese absurdo! ¿Cómo, si no, habrían podido explicar la existencia del mal en este mundo que debía haber salido perfecto de manos de un obrero tan perfecto, de este mundo creado por dios mismo?

Pero, una vez admitida la caída, todas las dificultades se allanan y se explican. Lo pretenden al menos. La naturaleza, primero perfecta, se vuelve de repente imperfecta, toda la máquina se descompone; a la armonía primitiva sucede el choque desordenado de las fuerzas; la paz que reinaba al principio entre todas las especies de animales, deja el puesto a esa carnicería espantosa, al devoramiento mutuo; y el hombre, el rey de la naturaleza, la sobrepasa en ferocidad. La tierra se convierte en el valle de sangre y de lágrimas, y la ley de Darwin –la lucha despiadada por la existencia- triunfa en la naturaleza y en la sociedad. El mal desborda sobre el bien, Satanás ahoga a dios.




Y una inepcia semejante, una fábula tan ridícula, repulsiva, monstruosa, ha podido ser seriamente repetida por grandes doctores en teologías durante más de quince siglos, ¿qué digo?, lo es todavía; más que eso, es oficialmente, obligatoriamente enseñada en todas las escuelas de Europa. ¿Qué hay que pensar, pues, después de eso de la especie humana? ¿Y no tienen mil veces razón los que pretenden que traicionamos aun hoy mismo nuestro próximo parentesco con el gorila?




Pero el espíritu (una palabra ilegible) de los teólogos cristianos no se detiene en eso. En la caída del hombre y en sus consecuencias desastrosas, tanto por su naturaleza como por sí mismo, han adorado la manifestación de la justicia divina. Después han recordado que dios no sólo era la justicia, sino que era también el amor absoluto y, para conciliar uno con otro, he aquí lo que inventaron:




Después de haber dejado esa pobre humanidad durante millares de años bajo el golpe de su terrible maldición, que tuvo por consecuencia la condena de algunos millares de seres humanos a la tortura eterna, sintió despertarse el amor en su seno, ¿y que hizo? ¿Retiró del infierno a los desdichados torturados? No, de ningún modo; eso hubiese sido contrario a su eterna justicia. Pero tenía un hijo único; cómo y por qué lo tenía, es uno de esos misterios profundos que los teólogos, que se lo dieron, declaran impenetrable, lo que es una manera naturalmente cómoda para salir del asunto y resolver todas las dificultades. Por tanto, ese padre lleno de amor, en su suprema sabiduría, decide enviar a su hijo único a la tierra, a fin de que se haga matar por los hombres, para salvar, no las generaciones pasadas, ni siquiera las del porvenir, sino, entre las últimas, como lo declara el Evangelio mismo y como lo repiten cada día tanto la iglesia católica como los protestantes, sólo un número muy pequeño de elegidos.




Y ahora la carrera está abierta; es, como lo dijimos antes, una especie de carrera de apuesta, un sálvese el que pueda, por la salvación del alma. Aquí los católicos y los protestantes se dividen: los primeros pretenden que no se entra en el paraíso más que con el permiso especial del padre santo, el papa; los protestantes afirman, por su parte, que la gracia directa e inmediata del buen dios es la única que abre las puertas. Esta grave disputa continúa aún hoy; nosotros no nos mezclamos en ella.




Resumamos en pocas palabras la doctrina cristiana:




Hay un dios, ser absoluto, eterno, infinito, omnipotente; es la omnisapiencia, la verdad, la justicia, la belleza y la felicidad, el amor y el bien absolutos. En él todo es infinitamente grande, fuera de él está la nada. Es, en fin de cuentas, el ser supremo, el ser único.




Pero he aquí que de la nada –que por eso mismo parece haber tenido una existencia aparte, fuera de él, lo que implica una contradicción y un absurdo, puesto que si dios existe en todas partes y llena con su ser el espacio infinito, nada, ni la misma nada puede existir fuera de él, lo que hace creer que la nada de que nos habla la Biblia estuviese en dios, es decir que el ser divino mismo fuese la nada-, dios creó el mundo.




Aquí se plantea por sí misma una cuestión. La creación, ¿fue realizada desde la eternidad o bien en un momento dado de la eternidad? En el primer caso, es eterna como dios mismo y no pudo haber sido creada ni por dios ni por nadie; porque la idea de la creación implica la precedencia del creador a la criatura. Como todas las ideas teológicas, la idea de la creación es una idea por completo humana, tomada en la práctica de la humana sociedad. Así, el relojero crea un reloj, el arquitecto una casa, etc. En todos estos casos el productor existe al crear (?) el producto; fuera del producto, y es eso lo que constituye esencialmente la imperfección, el carácter relativo y por decirlo así dependiente tanto del productor como del producto.




Pero la teología, como hace por lo demás siempre, ha tomado esa idea y ese hecho completamente humanos de la producción y al aplicarlos a su dios, al extenderlos hasta el infinito y al hacerlos salir por eso mismo de sus proporciones naturales, ha formado una fantasía tan monstruosa como absurda.




Por consiguiente, si la creación es eterna, no es creación. El mundo no ha sido creado por dios, por tanto tiene una existencia y un desenvolvimiento independientes de él –la eternidad del mundo es la negación de dios mismo- pues dios era esencialmente el dios creador.




Por tanto, el mundo no es eterno; hubo una época en la eternidad en que no existía. en consecuencia, pasó toda una eternidad durante la cual dios absoluto, omnipotente, infinito, no fue un dios creador, o no lo fue más que en potencia, no en el hecho.




¿Por qué no lo fue? ¿Es por capricho de su parte, o bien tenía necesidad de desarrollarse para llegar a la vez a potencia efectiva creadora?




Esos son misterios insondables, dicen los teólogos. Son absurdos imaginados por vosotros mismos, les respondemos nosotros. comenzáis por inventar el absurdo, después nos lo imponéis como un misterio divino, insondable y tanto más profundo cuanto más absurdo es.




Es siempre el mismo procedimiento: Credo quia adsurdum.




Otra cuestión: la creación, tal como salió de las manos de dios, ¿fue perfecta? Si no lo fu, no podía ser creación de dios, porque el obrero, es el evangelio mismo el que lo dice, se juzga según el grado de perfección de su obra. Una creación imperfecta supondría necesariamente un creador imperfecto. Por tanto, la creación fue perfecta.




Pero si lo fue, no pudo haber sido creada por nadie, porque la idea de la creación absoluta excluye toda idea de dependencia o de relación. Fuera de ella no podría existir nada. Si el mundo es perfecto, dios no puede existir.




La creación, responderán los teólogos, fue seguramente perfecta, pero sólo por relación, a todo lo que la naturaleza o los hombres pueden producir, no por relación a dios. Fue perfecta, sin duda, pero no perfecta como dios.




Les responderemos de nuevo que la idea de perfección no admite grados, como no los admiten ni la idea de infinito ni la de absoluto. No puede tratarse de más o menos. La perfección es una. Por tanto, si la creación fue menos perfecta que el creador, fue imperfecta. Y entonces volveremos a decir que dios, creador de un mundo imperfecto, no es más que un creador imperfecto, lo que equivaldría a la negación de dios.




Se ve que de todas maneras, la existencia de dios es incompatible con la del mundo. Si existe el mundo, dios no puede existir. Pasemos a otra cosa.




Ese dios perfecto crea un mundo más o menos imperfecto. Lo crea en un momento dado de la eternidad, por capricho y sin duda para combatir el hastío de su majestuosa soledad. De otro modo, ¿para qué lo habría creado? Misterios insondables, nos gritarán los teólogos. Tonterías insoportables, les responderemos nosotros.




Pero la Biblia misma nos explica los motivos de la creación. Dios es un ser esencialmente vanidoso, ha creado el cielo y la tierra para ser adorado y alabado por ellos. Otros pretenden que la creación fue el efecto de su amor infinito. ¿Hacia quién? ¿Hacia un mundo, hacia seres que no existían, o que no existían al principio más que en su idea, es decir, siempre para él?

32 Orientales y un porteño

32 orientales y un porteño

EL RETRATO DEL SARGENTO GÓMEZ DE LOS "33"



No esperaba, en verdad, a esta altura de mis estudios de iconografía histórica, que aun fuera estación para un hallazgo extraordinario como el que informa el descubrimiento del retrato de uno de los audaces patriotas desembarcados en la Agraciada el 19 de abril de 1825.
El tema, semejaba un tema agotado ya, y agotado no de data cercana sino, antes bien, desde los muy lejanos días en que Blanes, hace setenta años, se documentaba con prolijidad y tesón característicos, para iniciar la pintura del famosa lienzo en que su pincel maestro eternizó el juramento de Lavalleja y su destemido grupo de compañeros.
En justicia cabria decir que Blanes no buscó el retrato en cuestión pues en la lista que le servía para guiarse, el nombre de Gómez hallábase omitido.
Y ha sido, todavía un libro mío, el que por incidencia provocó o deterrnlnó el hallazgo, justificando -con hechos- mi afirmación adelantada en 1928, en la página de la Iconografía del General Rivera, donde aludo a que, algunas veces, cualquier accidental lectura despertando un recuerdo o avivando una curiosidad hace que se ponga mano en un documento histórico olvidado o pospuesto.
En el caso en cuestión el milagro lo ha realizado la noticia sobre la vida de Tiburcio Gómez, el último de los Treinta y Tres, que se registra en las "Fichas para un Diccionario Uruguayo de Biografías", contenidas en número de 550, en los dos últimos tomos de los Anales de la Universidad que recién acaban de publicarse.
La ficha correspondiente al soldado de la Patria, muerto de 87 años, en Montevideo el 14 de agosto de 1892, "entre la indiferencia del gobierno y del pueblo", como lo hiciera notar Carlos M. Ramírez, concluye con este párrafo:
"No existe imagen gráfica original del veterano servidor. Los amigos, como el Dr. Luis Melián Lafinur, que miraron por los últimos años de su vejez pobre, en el rincón de la calle Yerbal, donde vivía, no tuvieron la precaución de llamar a un fotógrafo para que le sacara el retrato.
Pero el retrato existía sin embargo. Algún otro amigo, conocido y protector del cruzado del año 25, había tenido la previsión de fotografiarlo, con la ventaja de que ese retrato, hecho, según cálculos razonables por el año setenta y tantos, lo tomara casi inválido y anciano, desde luego, pero sin tocar aún el limite de una vejez extrema.
La tarjeta fotográfica donde Gómez está de pie, apoyado en una muleta y en un bastón, lleva en la parte inferior las indicaciones; Soumastre - Fotógrafo - 152- San José -152. Mercedes, y de su autenticidad absoluta certifica la leyenda, grabada en el propio negativo:
"Héroe de los 33. Sargentino 1º. Tiburcio Gómez".
El sargento Gómez viste una humilde indumentaria criolla de época, donde el chiripá es la pieza más característica. Camisa y calzoncillo blancos, chaleco, cinto de cuero (de los llamados de bolsillos) y amplio sombrero con barbijo.
De la muñeca izquierda cuelga un rebenque, lo que lleva a pensar que fue a caballo como llegó a lo de Soumastre para hacerse retratar, a despecho de lo que pudieran fallarle las piernas.
De fisonomía abierta y casi sonriente, tiene la cara llena de carnes y sin pronunciadas arrugas, y el pelo largo aparece todavía gris, aunque el bigote y la barba sean blancos.
Aceptando una fecha hipotética de fines de la década 70 del siglo pasado, Gómez, cuando lo fotografiaron, regularía 72 o 73 años.
Había nacido en San Fernando, provincia de Buenos Aires, en el año 1805.
A poco del desembarco de la Agraciada se le destinó al Regimiento de Dragones Libertadores, siendo actor en la batalla de Sarandí el 12 de Octubre de 1825, y cuando el 19 de julio de 1826 formóse el Regimiento Nº 9 de Caballería sobre la base de dos escuadrones de la primera unidad, Gómez continuó sus servicios en la nueva, bajo las órdenes de Manuel Oribe, hasta caer prisionero de los Imperiales durante el sitio de Montevideo, cuando ostentaba jinetas de sargento 1º.
Devuelto a la libertad al ajustarse la Convención de Paz de 1828, gestionó y obtuvo el premio que acordaba la ley da 14 de julio a los bizarros cruzados del 19 de abril.
Pasó luego a vivir a su país, siendo dado de baja del ejército y no vino más a la república hasta 1862.
En ese tiempo presentóse solicitando de la autoridad militar nuevos recaudos que atestiguasen su calidad de integrante de los Treinta y Tres, por habérsele extraviado los expedidos tantos años antes.
Para las probanzas del caso sirviéronle de testigos los antiguos compañeros Tenientes Coroneles Atanasio Sierra y Ramón Ortiz y los alféreces Carmelo Colmán y Juan Acosta.
Acreditadas la identidad y los servicios, otorgósele la cédula que pedía con fecha 26 de setiembre de 1862 en su clase de sargento primero.
El itinerario de vida de Tiburcio Gómez es difícil de rehacer, tratándose de un hombre carente de carrera militar y de una existencia desarrollada dentro de modestísima esfera social, sin que por su lado, a lo que parece, acostumbrase a poner por delante su calidad histórica.
El retrato sacado en Mercedes que certifica cuando menos una estada, podía demostrar también una residencia más o menos prolongada en aquellas tierras, cuya averiguación corresponde a los estudiosos de historia de Soriano, entre los cuales está nombrado mi amigo Juan S. Soumastre Doblas.
Es raro que el retrato de Gómez, con su leyenda, del cual deben haberse impreso cantidad de copias, haya permanecido ajeno a toda pesquisa hasta el momento, en que leyendo mis Fichas Biográficas, el capitán de Navío Carlos A. Olivieri, creyó acordarse que algo, relativo a Gómez, parecía obrar entre los documentos de archivo y piezas fotográficas todavía sin ordenación definitiva, de pertenencia de Don Juan H. Soumastre, Jefe Político, Gerente de Banco y caracterizado ciudadano mercedario, fondos obtenidos gracias a la cortesía de su viuda la señora Pascuala Irastorza de Soumastre.
No lo engañaban al capitán sus recuerdos, pues, entre las fotografías que esperaban catalogación y sitio propio estaba efectivamente el retrato, perfectamente conservado, del sargento 1º Tiburcio Gómez, uno de los Treinta y Tres, que hoy se ofrece como primicia histórica a los lectores del "Suplemento".
Hay buenos motivos para creer que Don Juan Soumastre no haya sido ajeno a la obtención en la galería de un pariente de la fotografía de Gómez, y que tal vez se tratara de una iniciativa suya, teniendo en cuenta la constante dedicación que tuvo por todas las cuestiones atinentes a nuestro pasado histórico, perteneciéndole, como le pertenece, la iniciativa recordatoria del Grito de Ascensio, y sus prolijos afanes en pro de la erección del monumento alzado actualmente en la plaza principal de la ciudad de Mercedes.

J. M. Fernández Saldaña

El culto a la muerte

El culto a la muerte








Sean españoles , venezolanos o cubanos todos los fascistas adoran la muerte (sobre todo la ajena)
Es muy conocida la respuesta del general fascista Millán Astray a Miguel de Unamuno en Salamanca cuando el filósofo, excedido por una asqueante paradoja del legionario, lanzó su vibrante admonición "Porque tenéis la fuerza, venceréis. Pero no convenceréis", así como la contrarréplica del general : "¡Muera la inteligencia!". Pero se conoce menos qué cosa había provocado la reacción de Unamuno : apoyado por sus secuaces en la sala, Millán Astray se desgañitaba repitiendo el lema de la Legión Extranjera: "¡Viva la muerte!".

En el siglo XX el culto de la muerte ha sido una de las características del fascismo. Joachim Fest, en lo que hasta el día de hoy continúa siendo la mejor biografía de Adolf Hitler, recordaba cuán impresionantes y bien logrados eran los desfiles fúnebres del Tercer Reich. Nada superaba sus invocaciones a los caídos en la guerra, nada alcanzaba el lirismo de su evocación de la muerte.



La tanatofilia

En cambio, ¡cuán cursis, falsos y producidos(según el criterio actual cinematográfico) lucían los desfiles donde se pretendía cantarle a la vida y a la felicidad bajo el nacionalsocialismo! Aquellas jovencitas de cabellos rubios y ojos azules vestidas de túnicas cuya blancura evocaría más la publicidad de un detergente que los logros de una "revolución" (como no dejaba tampoco Hitler de llamar a su "proceso"), aquellos brazos cargados con flores y ramas de trigo, movían más a la risa que a las ganas de dar la vida por el Reich.

Es lo que se ha definido como la tanatofilia de esos movimientos. Las primeras brigadas de lo que más tarde serían las SS (cuyas siglas en el gótico alemán se veían como un relámpago) no sólo enarbolaban banderas negras, sino que en ellas bordaban calaveras con dos tibias cruzadas, símbolo universal de la piratería. Subrayaban así por partida doble su adopción de las modas y los modos del hampa, y su culto de la muerte.

Una copia húmeda
En el caso venezolano, la invocación actual de la muerte como alternativa no es más que una copia muy húmeda de aquel "¡Patria o muerte!" de los barbudos de Fidel Castro en la Sierra Maestra. Una copia muy húmeda porque lo que los fidelistas proponían era verdad (por lo menos lo de "muerte"), pues arriesgaron el pellejo en una pelea real y no sólo hablando para una embobada galería: mostraban que estaban dispuestos a seguir el ejemplo de Martí de ser necesario inmolándose como aquél. Pero en el caso venezolano, no es fácil construir una leyenda heroica cuando todo el mundo sabe que en la epopeya del Museo Militar lo que derramó el "heroico Comandante" no fue precisamente sangre, sino otra cosa......

Cierto, no es la primera vez que en la historia de Venezuela se llama a la muerte como alternativa. Durante la guerra federal, llegó a Venezuela un aventurero francés, Morton de Keratry, a quien se le atribuye el lema "Dios y Federación", que inicialmente propuso como "¡Dios y Federación o Muerte!".

Fanfarronería y praxis social
Es cierto también que ese tipo de consigna suele ser común en las guerras : "¡Vencer o morir!". Pero lo grave es cuando la fanfarronería presidencial se convierte práctica sangrienta en la sociedad. Cuando el jefe del Estado le brinda al hampa una estrategia defensiva diciendo que por sus hijos hambrientos él también atracaría un banco, y los malandros se descubren de la noche a la mañana una inédita vocación de padres responsables. Cuando uno encuentra descritos así ciertos rasgos de vida: "vivir como violentos, no asumir responsabilidad por sus actos, afirmar su yo sobre todo y contra todo límite, búsqueda de dominio y protagonismo, incapacidad para ponerse en el lugar de otro, el poder por encima de todo. Una vida donde la aceptación social está sustituida por su capacidad brutal y directa de imponerse, de ejercer el poder total sobre cualquiera. El poder como instinto de muerte en estado puro" ; y se entera de que esa no es la descripción del hombre de Miraflores, sino del matón, del azote juvenil de un barrio venezolano.

"¡Armémonos y partid!"
Por otra parte, cuando un jefe invoca con tanta insistencia la muerte, se supone que está dispuesto a ir al frente de sus tropas, pues nadie seguiría a un caudillo que las arengase invitándolas con la consigna de "¡Armémonos y partid!". Al revés de Zamora o Millán Astray, quienes sí arriesgaron su pellejo, el teniente coronel grita su slogan en plena paz, en un país donde pese a todos sus esfuerzos, no ha logrado que la guerra vaya mucho más allá de las palabras. Por la más simple de las razones: para pelear hay que ser dos, y hay uno que, lo demostró el cuatro de febrero y el once de abril, tiene más prontas las lágrimas que el plomo, y mientras ordena a sus secuaces poner rodilla en tierra para combatir, las dos suyas están listas para ponerse en posición de rendirse al escuchar el primer tiro.

No hablamos de una actitud que sospechamos suya en un momento de debilidad futura. No: su terror actual y permanente del magnicidio es tal, que no cuesta imaginarlo como las viejas solteronas, mirando bajo la cama antes de irse a dormir, no sea cosa que allí se oculte su asesino, el emisario de Mr. Danger o algún periodista suicida.

En la gran paradoja de quien tanto invoca la muerte, la gran paradoja que hermana al dictador Chávez con el general Millán Astray : ambos adoran la muerte, aunque en el caso del venezolano, personalmente tal vez sea más propio hablar de terror que de amor.

Referencias: M de Unamuno, J. Fest, A. Moreno

Alvaro Kröger

El culto a la muerte

La historia del fascismo

La historia del fascismo








Todo parecido con personas o movimientos pasados o presentes ¿es pura coincidencia?


Emilio Gentile en su libro Fascismo. Historia e interpretación señala que la noche anterior a su arribo al poder, en un congreso del Partito Nazionale Fascista celebrado en Nápoles, Benito Mussolini proclamó que el fascismo respetaba a la monarquía y al ejército, reconocía el valor de la religión católica y que su intención era la de llevar a cabo una política favorable al capital privado, aparte de restaurar el orden y la disciplina en el país. O sea, combinaba el arribo de sus círculos o batallones fascistas (squadristi) con la maniobra política y la acción parlamentaria.

Pero siete años más tarde, en la década del 30 y en el momento culminante del consenso de la mayoría de los italianos con el régimen y el Duce, se produce lo que ese autor llama "la aceleración totalitaria" del fascismo.


El jefe y el partido único
Ella se basaba "en el Duce, en el partido único y en una compleja red organizativa para el encuadramiento y la movilización de las masas". Esa aceleración del proceso totalitario tenía como fin adquirir mayor poder y autonomía respecto de las instituciones tradicionales. "Momentos importantes de esta nueva fase de la construcción del Estado totalitario fueron: la institución del Ministero della Cultura Popolare [Minculpop],la creación de la Gioventú Italiana del Littorio , el reforzamiento de las prerrogativas y de las funciones del Partido Fascista y la abolición de la Cámara de Diputados sustituida por la Camera dei Fasci e dei Corporazioni". Para no andar llenando este artículo de comillas, diremos que, salvo indicación contraria, toda la información que aquí se exponga sobre el régimen mussoliniano proviene de ese libro. El cual en otra parte describe así la conquista del monopolio del poder: en la primera fase, Mussolini llevó a cabo una política de coalición con los partidos dispuestos a colaborar, pero al mismo tiempo trabajó para disgregarlos e incorporarlos a su partido único, el fascista.La represión "legal"
En cuanto a los partidos de oposición, sometidos a continuas violencias por parte de sus squadristi, Mussolini se sirvió también de los medios legales de represión para obstaculizar sus actividades.

Su sistema político se fundaba en la simbiosis entre partido y Estado, según una jerarquía de funciones, nombrada desde arriba y dirigida por la figura del "jefe" investido de sacralidad carismática que gobierna, dirige y coordina las actividades del partido, del régimen y del Estado y obra como árbitro supremo e indiscutible.

En cuanto a su ideología, el fascismo se presenta como antiideológico y pragmático, antimaterialista, antiindividualista, antiliberal, antidemocrático (de paso, y para complacer a la derecha de entonces, antimarxista), tendencialmente populista y anticapitalista, expresión más estética que teórica a través de un nuevo estilo político y a través de los mitos, los símbolos y los ritos de una religión laica, instituida en función del proceso de aculturación, de socialización y de integración de las masas para la creación de un "hombre nuevo".


El viejo "hombre nuevo"
Esto del "hombre nuevo" se volvió una obsesión, al punto de que un fascista francés, el historiador de cine Robert Brasillach, decía que después del homo faber y el homo mercator había aparecido una nueva especie: el homo fascista. Al liberarse Francia, el "hombre nuevo" Brasillach fue fusilado por su activa colaboración con el ocupante alemán. En realidad, el "hombre nuevo" fascista resultó ser el peor de los "hombres viejos"; como en todos los regímenes autoritarios, era corrupto y adulador a un grado que llegaba a superar a los césares de la decadencia. Pero eso no era sólo producto de la complicidad criminal de los soldati y el capo de la Mafia fascista, sino también de una educación formal e informal en las cuales los muchachos eran formados en la adoración del Duce: un texto típico publicado en Gioventú fascista, reza : "Tú eres nuestro padre. Tú nos enseñas a vivir. Tú eres la estrella que ilumina nuestro camino. Tú nos enseñas a trabajar, a combatir, a morir con orgullo y satisfacción. Tú no te has equivocado nunca. Tú tienes siempre razón"."Nuestro comandante"
Y aquí tenemos la piedra angular del fascismo: la adoración del jefe carismático, que en el caso italiano, ya en 1924, Piero Gobetti señalaba como un resultado más grave que el fascismo, porque confirmaba en los italianos el carácter cortesano, el escaso sentido de la responsabilidad, el hábito de aguardar la salvación de un Duce dominador confiándole el propio destino. Tanto es así, que, pese a las fanfarronerías de Mussolini, para quien el fascismo era la ideología del siglo XX y acaso también la del XXI, ese amasijo de lugares comunes que formaba la doctrina fascista, no era más que una tapadera para ocultar la realidad de la tiranía de un hombre y del culto a su personalidad. La efigie del Duce llenaba las calles, las carreteras y los caminos de Italia, y la más insignificante reparación de una acera era no el deber cumplido de un concejo municipal, sino una graciosa concesión de ese Duce lleno de amor por su pueblo.

Hasta aquí nuestro comentario del libro. Todo parecido con situaciones, movimientos y personas vivas, muertas o moribundas, del pasado y del presente¿ es pura coincidencia?. Posiblemente haya entre mis lectores gente tan escéptica que esto no se lo quiera creer. Pero, es la verdad histórica, totalmente documentada. Y si aún sigue sin creerlo, lo juro por "El Comandante " como sus secuaces también llamaban también al Duce.

A pesar de que el Coronel alemán Skorzeny, lo rescató de su prisión principesca en las Dolomitas, cuando los aliados tomaron Roma, terminó colgado de los pies, junto a su amante Clara Petacci, de un farol en una plaza de Milán.

La historia, cuando no se estudia, suele repetirse. Los "Comandantes" de cuarta que tenemos en Latinoamérica no se han tomado la molestia de estudiar a fondo la historia, ni siquiera la reciente. Esto les va a costar la cabeza.

Referencias: E.Gentile, P.Gobetti,H. Skorzeny



Alvaro Kröger

lunes, 23 de abril de 2007

El criptofascismo

El criptofascismo









En éstos últimos ocho años de actividad política, el chavismo ( en el cual incluímos a Ecuador, Bolivia y Argentina) marcha avasallante hacia la peor desgracia que los cuerpos colectivos de occidente pueden sufrir, el totalitarismo. Slavoj Žižek acuñó la palabra "ultrapolítica" para comprender la absoluta soberanía para el líder absoluto. El Nacional Socialismo alemán fue el más acabado ejemplo de su realización histórica , tomó una guerra mundial para extirparlo y 50 millones de muertos, lo que quedó a su paso por Europa fue destrucción y muerte y la promesa, por parte de los sobrevivientes, de "nunca más". Y de los últimos lugares del mundo donde se pudiera pensar florecería de nuevo esta inhumana concepción del Estado era en Venezuela, Ecuador o Argentina unas democracias, con tradiciónes de ideas libertarias que hicieron grande sus gentilicios. Pero la realidad no es otra, la semilla está sembrada y prosperando en buena tierra, lo peor, ante el aplauso y las loas de gente, principalmente de otros gobiernos demócratas, que creen en el disfraz y las mentiras del régimen, entregados en la fiesta de los regalos y dádivas están permitiendo que se enraícen en nuestro continente los demonios ciegos del fascismo.

Todo empieza con un discurso, con una lógica que dan inicio a la construcción de un aparato estatal basado en la absoluta sumisión al líder, que tienen como fin el control total de la población y del territorio, el surgimiento de un Estado policial y de un agresivo ejército de conquista para culminar en injerencias y agresiones a otros estados, fase inicial de la expansión hegemónica. El caso argentino el ejército se desmanteló, pero aparece la inseguridad en manos de bandas no combatidas por el Poder, sino más bien alentadas por él.

Desde la Edad Media, el concepto de soberanía surge como dominio sobre un territorio, con la modernidad la soberanía evoluciona como una forma abstracta del poder público, separado de los gobernantes y de los gobernados y dirigido al bien público, pero con el incremento de un poder central, con la aparición de líderes y partidos políticos dominantes aparece la noción del poder popular o soberanía del pueblo, que por medio de una "transferencia" política, llega a residir en los poderes públicos, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Carl Schmidt y Martin Heidegger, ambos profesores universitarios y de impecables credenciales académicas, se encargaron de darle los justificativos jurídicos y filosóficos a las agresivas tendencias del movimiento nacionalsocialista y su líder indiscutible Adolfo Hitler. Utilizando el recurso de la lógica circular, confundiendo conceptos y partiendo de una tesis donde se solapa la autoridad como función y la autoridad como persona, plantearon una radicalización del concepto de soberanía, mezclaron en una sola idea la soberanía con la gobernabilidad, de esta manera crearon una tesis que le permitió a Hitler asumir todas las funciones de Estado en su persona.

La gobernabilidad funciona en un marco normativo y se encarga de controlar las personas en el territorio soberano, Foucault la llama la biopolítica y tiene que ver con el manejo de las variables poblacionales, tales como la mortalidad, la natalidad, las enfermedades, la fertilidad, la vivienda y demás servicios públicos, la productividad, el trabajo, etc. La función de la gobernabilidad ha sido hasta los momentos el "normalizar el cuerpo social", es decir, eliminar las incidencias no deseadas y estimular las consideradas óptimas, pero cuando se confunden gobernabilidad con soberanía, aparecen nuevos poderes y funciones, que le atribuyen a un Estado el poder de intervenir, sin oposición, en los esferas privadas de los ciudadanos, disponer de sus vidas y bienes y hasta en la forma en que han de morir.

El concepto que utilizaron Schmidt y Heidegger de soberanía era el mismo de Bodín y Hobbes, el más primitivo y absoluto de las soberanías, el que no está supeditado a ningún otro poder, para ajustarlo a la institucionalidad, se valieron del concepto de soberanía del pueblo, representada en su líder, pero aquí se encontraron con otro problema, la soberanía absoluta no podía ser legitimada, pero si el líder encarnaba la nacionalidad alemana, si no sólo ejercía la autoridad sino que era la autoridad misma, entonces el Führer se convertía en el dador de las leyes, concentrando en su persona las funciones legislativas, judiciales y ejecutivas, fue así como Alemania regresó a la autoridad absoluta de los reyes de la Edad Media, disfrazada de ropaje constitucional, de esta manera Hitler quedó fuera de todo control y sujeción, en pocas palabras podía hacer con su pueblo lo que le diera la gana, y por extensión con sus vecinos y con el mundo, cosa que intentó.
Hitler gobernó en Alemania bajo la pretensión que "normalizaba" a la sociedad, la hacía única en pensamiento y acción, sin contradicciones, sin oposiciones, con un solo partido.

Chávez, Kirchner, Morales y el crápula de duodeno perforado, a sus maneras, están siguiendo el mismo plan de ruta, controlar los países, sin oposición, sin libertad de expresión, con absoluto dominio de todas las maneras de mediación política, anulando las instituciones intermedias, con férreo dominio del aparato electoral, judicial, legislativo, militar, y pronto, de la opinión pública, de la educación, del comercio y la industria, de la banca, las telecomunicaciones, de los bienes y vidas de los ciudadanos. La insistente idea de formar un partido único, un frente común para adelantar la revolución no es otra cosa que la concreción fascista de un solo poder, en Venezuela,Bolivia, Argentina,Ecuador y Cuba, donde los "chavistas" confunden el Estado con el partido político que los une, tiene el atractivo de un acceso ilimitado a los dineros del Estado para financiar campañas políticas y del acceso a puestos burocráticos que serían repartidos entre políticos sin alma y sin pueblo. Los partidos socialistas y comunistas que renuncien a sus ideales e ideas para formar parte de una corporación antidemocrática y militarista latinoamericana como la planteada por el dictador Chávez, lo harán sólo por ánimo de lucro o por miedo.

El Nacional Socialismo, convertía los crímenes en actos de Estado, sus líderes hacían la ley y la presentaban para que fuera obedecida en nombre de la soberanía y la voluntad del pueblo alemán. El partido nazi, partido único en Alemania, por medio de técnicas doctrinarias y el abuso del poder logró implantar una organización que penetró en toda la fibra social del país, para finalmente, como un cáncer, destruir a su portador.

Referencias: Slavoj Žižek, C.Schmidt, M.Heidegger, Foucault, Th.Hobbes.



Alvaro Kröger

La actualidad de Garmsci en Latinoamérica

LA ACTUALIDAD DE GAMSCI EN LATINOAMÉRICA










Antonio Gramsci (1891-1937) fue un escritor comunista que tiene una inmensa ascendencia entre los revolucionarios chavistas. Durante el tiempo que pasó en la cárcel bajo la bota de Mussolini en Italia, escribió unos cuadernos donde planificó de manera detallada lo que llamó el dominio hegemónico sobre la población, que no es otra cosa que un plan de control mental a gran escala, usando las herramientas de la ideologización y la propaganda, para cambiar la percepción de la realidad de las masas por medio de la destrucción del "sentido común" y la sustitución de valores en el individuo.
Buena parte de los conceptos emitidos por los funcionarios de los gobiernos revolucionarios y en especial por el dictador Chávez tienen su origen directo en las ideas de este atormentado hombre, las ideas sobre educación, cultura, medios de comunicación, ideología y la creación del nuevo hombre tienen en los escritos de Gramsci el recetario de donde emanan tanto sin sentidos y maldad.

Impresionado por la influencia de la Iglesia católica sobre la sociedad de su tiempo, Gramsci se dispuso hacer del marxismo algo parecido, para ello debía enraizar las doctrinas marxistas en el alma de los hombres, de allí que el tema de la educación se convirtió en leit motiv de gran parte de su obra que, influenciaría de manera importante, a ese otro escritor comunista brasilero, Paolo Freire, que tanto citan nuestros comunistas endógenos, como faros que iluminan esta avanzada por el control de la formación de las mentes de las jóvenes generaciones de venezolanos.

Gramsci propone influenciar directamente a las personas en sus ámbitos emocionales y de imaginación, por ello los niños son importantes, como no tienen desarrollado aún el sentido crítico, los manipuladores comunistas pueden dejar "huella" en sus mentes y prepararlos para el socialismo, esta influencia debe hacerse despacio pero constante, sustituyendo en la mente de los jóvenes todos los valores que le han sido inculcados por sus padres y la sociedad, deben desmontarse pieza por pieza, utilizando para ello la mentira, las medias verdades, los sofismas, la propaganda del Estado que debe constar de una nueva historia patria, con nuevos héroes y eventos, con figuras que poco a poco vayan sustituyendo el santoral cristiano por uno de mártires revolucionarios, en nuestro caso el tan discutido, mal intensionado y tragiversado programa de Historia contemporánea que quiere imponer el gobierno.

Es un deber para Gramsci romper con el conocimiento en su forma racional, que un individuo sea incapaz de reconocer la verdad de la mentira, abolir su sentido crítico, desarraigar cualquier concepción filosófica de la tradición occidental para inculcar en su lugar la visión política del momento, convertir a ese ser en una expresión y vocero de las necesidades del régimen, de las inclinaciones de sus líderes, de las expresiones de su "clase social", hacerlos, en una palabra, instrumentos ciegos del comunismo.

Para ello Gramsci pregona una cruzada ética, una confrontación de valores que es llevada a términos de una guerra y en donde al hombre socialista se le da por adelantado una carta absolutoria de cualquier crimen que pudiera cometer en nombre de la revolución. El profesor y filósofo brasileño Olavo Carvalho lo expresa de la siguiente manera: "…el público nacional ignora la inspiración directamente gramsciana del Movimiento por la Ética en la Política y no sospecha en lo más mínimo que su único objetivo es politizar la ética, canalizando las aspiraciones morales más o menos confusas de la población para que sirvan a los objetivos que no tienen nada que ver con lo que un ciudadano común entiende por moral. El Estado Ético no solo es compatible con la completa inmoralidad, sino que en realidad la requiere, pues consolida y legitima dos morales antagónicas e irreconciliables, donde la lucha de clases es colocada por encima del bien y del mal y se convierte en un supremo criterio moral. A partir de ese momento, la mentira, el fraude o incluso el homicidio pueden ser encomiables, si son cometidos en defensa de "nuestra" clase mientras que la decencia, la honestidad, la compasión pueden tener algo de criminal, si favorece a la clase adversaria".

Esta ideología, por medio de los deseos, sueños, anhelos y temores, conquista el corazón de la masa idiotizada y carente de formación y afecto, les ofrece ser "camarada", les da un uniforme, un catecismo, la oportunidad de expresar sus confusas ideas en círculos, foros y programas de televisión donde se encuentran con gente igual a ellos, donde se dan no sólo la razón y apoyo sino que se les quita cualquier oportunidad de pensamiento libre y crítico; por medio de las misiones o programas de gobierno encuentran emolumentos económicos, créditos, posibilidad de acceder a servicios públicos y sin dejar de ser manipulados se encuentran finalmente conectados, agradecidos y comprometidos con un proceso y un líder que al momento de decir que la tierra es cuadrada y el sol un bombillo, todos, al unísono repetirán cualquier mentira como si fuera verdad.

Gramsci no es Simón Rodríguez, pero el proceso los confunde con el propósito expreso de hacernos creer que los niños uniformados, repitiendo como robots loas a Fidel y a Chávez, criaturas capaces de denunciar a sus propios padres como
contrarrevolucionarios, vestidos como aborígenes para manifestar odio hacia el hecho de la conquista no son precisamente los ciudadanos que pensaba Robinson para nuestras repúblicas aéreas, sino el producto de una mente enferma y criminal como la de Antonio Gramsci que tanta aceptación ha tenido entre nuestros intelectuales "orgánicos", seres emasculados de toda capacidad de pensar por ellos mismos.

Referencias: A. Gramsci (Cuadernos), P. Freire,O. Carvalho, S. Rodriguez, Granma, El Revolucionario, Le Monde.



Alvaro Kröger

domingo, 22 de abril de 2007

Ni revolucionario ni reaccionario

Ni revolucionario ni reaccionario
MANIFIESTO CONSERVADOR








Lo contrario a ser revolucionario es ser un reaccionario, yo estoy en el medio, soy un conservador y explicaré de qué se trata. El revolucionario pretende los cambios sociales de inmediato, aún y en general, con el uso de la violencia, con una revolución, que no es otra cosa que la destrucción del orden establecido para la instauración de un nuevo modelo de gobierno y de poder. El reaccionario, por el contrario, pretende que todo quede como esté, sin cambios, sin alteraciones, el orden establecido tienen una razón de ser superior y debe ser defendido aún con la fuerza, en cambio los conservadores aunque creemos en el orden, la tradición, las instituciones, propiciamos la evolución de la sociedad, coadyuvamos a cambios progresivos que hacen perfectibles a los gobiernos y a los ciudadanos, creemos que es posible algo mejor, siempre, pero lo hacemos por medio de la negociación, del consenso, de la paz, de la inteligencia, de la sabiduría y con la anuencia del tiempo.

Los conservadores estamos ubicados en el espectro político al centro y a la derecha, creemos en las libertades del individuo por encima de los intereses del grupo, en la economía basada en el libre mercado, en la propiedad privada, en la familia, rechazamos como forma de vida la pobreza, la ignorancia, los vicios, la violencia, lo que nos enfrenta tanto con los revolucionarios como con los reaccionarios, axiomáticamente. Creemos así mismo que los partidos políticos tradicionales son la base de la democracia, con sus aciertos y errores, han conducido al país por 170 años.

Los conservadores siempre hemos jugado un papel fundamental en la formación y evolución de las naciones, ya que entre los excesos de los revolucionarios y la inamovilidad de los reaccionarios hemos podido siempre tomar lo mejor de ambos mundos e incorporarlos en las formas de gobierno, tarea nada fácil, si estudiamos la historia de la humanidad. Las revoluciones han sido como fiebres intensas que lo que hacen es dejar debilitado el cuerpo social, la violencia siempre se desborda, la injusticia se adueña de las causas, aún de las más justas, y al final, cuando el pueblo está ahíto de sangre, venimos nosotros a recoger los pedazos, a imponer orden y a incorporar esos elementos de avance y desarrollo humano que las revoluciones llevaron como banderas y que fueron incapaces de hacer realidad. Igual sucede con esos oscuros períodos de sectarismo y fundamentalismo que son los gobiernos reaccionarios y que fusilan todo lo que huela a cambio y progreso, nosotros somos los que vamos incorporando las semillas del cambio, poco a poco, con vaselina, pero sin descanso.

Los conservadores estamos alineados con el pensamiento clásico, ya que creemos que la experiencia humana es acumulativa y va decantando, purificando y mejorando aquellas ideas que realmente tienen valores universales, de contenido ético, auténticamente humanistas, es por ello que jamás sacrificamos los valores de la libertad, la justicia y el progreso, que no andamos tras la moda, las últimas tendencias y los experimentos sociales que mal canalizados y peor entendidos pudieran robarle al ser humano su escencia, como lo serían todos esos intentos absurdos de crear a un "hombre nuevo".

Cuando se dio la locura de la Revolución Francesa, los conservadores fueron el contrapeso necesario a tanta violencia y ruptura, a pesar de la degradación social y de las vidas que se perdieron, cuando las aguas volvieron a su cauce, Francia pudo continuar el camino hacia su desarrollo y progreso gracias precisamente a los conservadores, que a pesar del desorden lograron preservar la idea de nación, sus valores más profundos y aún así incorporaron lo que era justo y útil entre tantas pretensiones revolucionarias, por medio de las reformas llevadas a cabo por los conservadores pudo el país salir adelante.
De allí que se diga que los conservadores somos unos pragmáticos, pues tomamos en cuenta la realidad social y las circunstancias políticas y tratamos de maniobrar entre las dificultades siempre manteniendo la estabilidad como norte. Como demócratas convencidos tratamos de negociar, palabra sucia tanto para revolucionarios como reaccionarios, nuestro fin es llegar a compromisos que sean beneficiosos para la mayoría, sin sacrificar los intereses de las minorías a quienes respetamos.

La propaganda comunista nos tilda de de ser aristocráticos, de defender los grandes intereses económicos y proteger los privilegios de la oligarquía, son mentiras, los conservadores podemos gobernar y compartir el poder con las izquierdas benignas que no buscan la destrucción de la sociedad, con las derechas no extremistas que reconocen que no se puede vivir en un país lleno de injusticias sociales.

La principal preocupación de un conservador es atender a los sectores más vulnerables de la sociedad, los intereses de la mayoría son nuestros intereses, no es viable un país plagado de injusticias, de hambre y de falta de oportunidades. El elevar la calidad de vida y el conocimiento de toda la población es el objetivo fundamental.

En cuanto al papel que juega el Estado en la sociedad, lo consideramos como un mal necesario, debe existir pero para servir al hombre, a la sociedad, a la paz y a la vida, por ello que el valor fundamental de un Estado conservador es el amor por la libertad; lo único que podría llevarnos a la guerra sería el temor de perderla. Creemos que el gobierno debe tener límites, debe ser controlado y creemos que sin alternabilidad en el poder fomentamos la tiranía y es por ello que nuestra Costitución prohíbe la reelección. Somos fundamentalmente creadores de soluciones que alienten a las personas a ayudarse a sí mismas y a ayudar a las demás. Detestamos al Estado paternalista, autoritario e interventor, creemos en el trabajo duro y que quien trabaja debe ser dueño de su salario, conservándolo en su gran parte para hacer inversiones, acumularlo o gastarlo como quiera.

Como buen conservador creo en la pequeña y mediana empresa, que no es otra cosa que la oportunidad de ser dueño de su propio destino, de poder dar empleo a otras personas, de crear riqueza y poder crecer, la pequeña y mediana empresa es el semillero de la prosperidad nacional.

Los conservadores propugnamos por un gobierno que le sirva al pueblo, que le dé nuevas posibilidades de expresión, que promueva la discusión de los problemas y sus soluciones, que reclame y exija en la mayor libertad posible y siempre buscando la participación y la representación.

Por último, los conservadores creemos en que existe un orden natural y universal, que el hombre es digno y libre, por lo tanto responsable de sus actos.

Referencias: filósofos románticos alemanes, Constitución Uruguaya, Constitución de los Estados Unidos de América

Alvaro Kröger

El gran juego

El gran juego







¿Para qué Venezuela se está armando como lo está haciendo? ¿Qué sentido tiene la reorganización de las Fuerzas Armadas y la inclusión de las milicias populares? Y su política exterior? ¿Qué significa insistir en pertenecer y fortalecer el eje del mal? ¿Para que las inversiones y ayudas a unos países y a otros no? El constante ataque a Estados Unidos ¿para dónde los lleva? El desconocimiento de las normas de convivencia internacional, el control que quiere imponer sobre la población ¿Cuál es su propósito? Para todas estas preguntas el gobierno revolucionario bolivariano tiene sus respuestas, que dentro de la racionalidad comunista y la estrategia militar del dictador Chávez, son todas mentiras justificadas para lograr unos objetivos, que si son alcanzados pagará con creces todos los sacrificios: el premio, el dominio del mundo.
El gobierno comunista del mono bananero es experto en estar descubriendo conspiraciones y planes de subversión en su contra, pero hace público y vocea a los cuatro vientos sus propios planes de conspiración internacional. De lo que ha declarado el jefe de la rebolución y de las acciones que se están llevando a cabo en y desde el país, me he convencido de que el mono se ha alineado con los "enemigos de occidente", que está comprometido en un plan tenebroso de conflictos, guerras y terror, que va a usar al pueblo de Venezuela como escudo y rehenes ante posibles ataques en su contra y que firmemente, cree que la III Guerra Mundial es necesaria; se han reunido suficientes datos e indicios como para armar un rompecabezas que, visto en perspectiva, confirma lo que ya saben los diferentes organismos de seguridad e inteligencia de occidente, el mono bananero es un peligro para la seguridad hemisférica, una pieza importante de lo que el Departamento de Estado llama "El Eje del Mal".

Lo que hasta los momentos han sido, aparentemente, ataques esporádicos y sin conexión de los grupos terroristas en contra de los intereses, ciudadanos, infraestructura y territorio de EEUU y Europa, constituye en realidad un patrón, que bajo la hipótesis de un plan global de destrucción de occidente y la prevalencia de grupos comunistas-islámicos como nuevos dueños del mundo, cobran un significado importante, primero, sobre la existencia de un plan, segundo, sobre la posibilidad de éxito del mismo.

¿Qué nos dice este rompecabezas? Muy sencillo, que lo que hemos visto hasta este momento han sido ensayos de cómo responde occidente a pequeños ataques, con esto han podido medir tiempo de respuesta, consecuencias económicas y psicológicas en la población, daño económico, tiempo de recuperación, debilidades y fortalezas de los países en emergencia, como actúa la solidaridad internacional, como se despliegan los mecanismos de defensa… todo esto está siendo medido e incorporado a un diseño , que gracias a la posibilidad instantánea y segura de las comunicaciones globales, a la misma libertad que existe en occidente de tránsito, reunión, participación y expresión de ideas, le permite al eje del mal, ir preparando un ataque global, con conexiones planetarias, donde cada parte tendrá un papel y una misión y cuya sumatoria será crear el caos, distraer a las potencias occidentales en apagar fuegos en sus naciones y vecindarios, distraer recursos y dividir fuerzas, para al final, cuando Europa y Estados Unidos estén ocupados en atender conflictos locales simultáneos y sumergidos en un estrangulamiento energético, en disrupción de sus líneas de abastecimiento, y atendiendo levantamientos internos, China y Rusia se unirían para darles el puntillazo final y caiga nuestra civilización colapsada y muerta para nunca más levantarse.

Una de esas partes operativas de este plan es Venezuela y Cuba, inexplicablemente EEUU ha permitido que en América se haya adelantado de manera importante los preparativos para el conflicto regional sin ninguna reacción, a pesar de las evidencias y los pronunciamientos del mono bananero anunciando una y otra vez el fin de USA, el constante desafío y la provocación en contra de su influencia; no hace mucho le preguntaron al mono si invadiría EEUU, y dijo que no… por ahora.

El plan Mono Bananero, para darle un nombre, consistiría en que Venezuela va a atacar a un país vecino que tiene un problema grave con la guerrilla subversiva, cuyo gobernante es considerado un "cachorro del imperio", y según el Foro de Sao Paulo, con una intervención directa de Washington en sus asuntos internos y que tiene las condiciones geográficas ideales para llevar a cabo una guerra de cuarta generación, de resistencia, de montaña y selva, que se sabe, son conflictos en los que USA no ha podido vencer. El dictador ha puesto en la mesa de negociación sangre de venezolanos, de jóvenes que tendrán que morir por la causa socialista.

El gobierno revolucionario de Cuba ya está trabajando en un plan de abandonar la isla, que es estratégicamente limitada y fácil de controlar por USA, y donde la nueva situación política hará insostenible el régimen comunista, la idea sería: sacrificarla en aras de establecer un nuevo poderío militar en Venezuela, el plan contempla la transferencia de tropas y equipamiento bélico en una operación relámpago, serían recibidos y colocados en sitios estratégicos en la frontera para en un ataque sorpresa y en conjunción con las fuerzas subversivas que operan en el país vecino, tomar el poder o en su defecto, una parte importante de su territorio. Venezuela haría de facilitador para que se reconociera internacionalmente la independencia de esos territorios, con la complicidad de algunos países que incluyen a Rusia y a China.

Tanto Bolivia como Ecuador y Argentina jugarían un papel de apoyo, de rutas de abastecimiento, de escape y santuario. El presidente Lula reculó ante la posibilidad de verse envuelto directamente en estas acciones, pero su contribución sería el no evitar que grandes contingentes de los Sin Tierra y otros grupos extremistas pasarán la frontera para unirse a la causa "libertadora" del neo-dictador Bolívar, Nicaragua igualmente sería cabeza de playa para lo que viene después.

Venezuela ha venido financiando, con el disfraz de un ayuda humanitaria, y por medio de Citgo la activación de grupos antinorteamericanos comunistas en el seno de USA, en el Caribe, en Centroamérica, por medio de la entrega de petróleo y dinero a comunidades empobrecidas, alcaldías amigas, grupos minoritarios rebeldes y gobiernos socialistas amigos (el alcalde de Londres está involucrado en esta trama), una de las ideas importantes del plan es que tanto Europa como USA, tienen en su seno grupos afectos al comunismo-islamismo que se convertirían en tercera columna, en factor de disidencia y colaboracionismo interno para un ataque final en contra del imperio.

El presidente Vladimir V. Putin de Rusia está al tanto de este plan y suministra las armas y la logística, bajo la excusa de que se trata de un negocio más de armas, China colabora de manera menos obvia pero está atenta a los acontecimientos, haciendo importantes inversiones en el área y aumentando sus intereses en América, en silencio mira como se mueven las piezas, si el plan resulta,el mono, que sueña con su entrada triunfal a una destruida Washington,tal un Hitler del siglo XXI en París, no le importa si a bordo de un jeep chino o ruso, ha apostado todas sus fichas con este plan.

Irán, Corea del Norte, Siria, Palestina, los grupos fundamentalistas islámicos activos en el sureste asiático, los grupos terroristas en Europa, Al-Qaeda, la subversión armada, el narcotráfico, todos tienen una parte que cumplir en este plan cuyo fin es coordinar, financiar y ejecutar una serie de ataques y provocar conflictos simultáneos, algunos con usos de armas atómicas de pequeño poder para sembrar el caos; el plan mono-crápula caribeño prenderá fuego muy cerca de USA, y con suficiente tiempo, aprovechando la confusión, podrán emplazar misiles de mediano alcance apuntando a Norteamérica, y cuando las tropas del mundo libre estén ocupados con estos sucesos, se moverán entonces los grandes ejércitos rusos y chinos para una invasión a Europa, Japón, Israel y USA, será el fin del orden mundial tal como lo conocemos.

Chávez no va a parar hasta lograr la guerra que sueña y no descansará hasta tener una silla en el gobierno mundial del comunismo-islámico que se avecina, el reloj no ha parado de correr, la hora cero se acerca.

Como dice la maldición china, Venezuela está a punto de vivir tiempos muy interesantes.

Tal vez sea todo ésto producto de mi imaginación enfebrecida, pero si uno va armando el rompecabezas las fichas van encajando perfectamente, mucho mejor de lo que en principio se supone. Ya desde éstas páginas hemos dicho y demostrado que Europa está al borde del colapso social y económico y USA se mantiene como la dotación de bomberos que tiene que apagar varios incendios al mismo tiempo. Además los americanos no se han dado cuenta del peligro que tienen a la vuelta de la esquina. Esta vez no tienen a un F.D.Roosevelt ni un ataque a Pearl Harbour, ni a un sólo demonio enfrente. Loa americanos, para su desgracia, no son afectos a ver más allá de su Estado, con mucha suerte; y mucho menos ver lo que ocurre en el mundo. La prueba está en que los canales de televisión americanos se han pasado la semana pasada entera con el asunto de Virginia Tech y no le han dado la menor bolilla a lo que pasa ni en Irak.

Hay un autor americano, Tom Clancy, que escribe novelas de ficción político-militar. Este hombre es un ex-marine y sabe muy bien de lo que habla. Escribió una novela que se llama "Operación Conejo Rojo" un par de años antes del 11-S, y cambiando los personajes predijo el atentado. Tiene otra novela que se llama "La suma de todos los miedos"......que es algo parecedido a lo que puede pasarle a USA si no despierta.



Alvaro Kröger