El amor del mono bananero
Se trata de un tipo de amor extraño, colectivo, impersonal, social, ególatra… varios filósofos han puesto su mira en este fenómeno del amor a las masas, propio de los tiempos de las tecnologías de comunicación que hacen posible esa creación mediática y artificial que refuerza la idea de que existe ese gran colectivo que los populistas llaman "pueblo". Si bien el amor cristiano prescribe el amor por el hombre, por todos los hombres, es sólo en el contacto, en el "hecho de la convivencia" que se logra personalizar ese amor, sólo la interacción lo hace real, ya que se trata de un intercambio de reconocimientos que hace posible la comunicación.
Describir este amor colectivo es difícil,casi imposible y para algunos no pasa de ser un juego verbal que en el fondo degrada al hombre, lo deshumaniza al punto de hacerlo inaprensible. Cuando un político dice amar a su pueblo (a un colectivo) se trata más de un recurso retórico con el que desfigura a los individuos,los masifica, cancela sus atributos como personas, las diferencias que los identifican, para en su lugar imponer una idea totalizadora y uniforme de ciertos rasgos que complacen a una ideología o estrategia que nada tienen que ver con el amor a la persona, tal cual quiere trasmitir el demagogo.
El escritor americano Irving Singer en su libro "La búsqueda del amor" escribe sobre un amor social, en el que ubica el amor por la nación (que sería una extensión del amor por la familia) y el amor por la humanidad (del que duda si es, en realidad, amor), dice que es un amor raro y escaso, precisamente, porque carece de sentido. La Iglesia lo predica como uno de los mandamientos "Ama a tu prójimo", un amor indiscriminado sobre el que alertaron desde San Agustín hasta Freud por su falta de foco y por ser la excusa perfecta para los que no pueden ni quieren practicar el amor personalizado.
David Hume precisaba que ese sentimiento por los extraños, más que amor, era simpatía y la base del sentimiento humanitario, que es ya más un acto racional que sentimental. Igualmente Weber y Fisher, ambos sociólogos, hablan de filantropía pero siempre sobre la base del reconocimiento del otro como sentimiento fraternal, ese ideal humanista tan popular durante el romanticismo y que, más que un sentimiento, era un ideal ético.
El mono Chávez, "el humanista", condena al amor a sí mismo como egoísta, nada que tenga que ver con el individualismo es de su agrado, distrae su verdadero objetivo político que son los votos, conseguir la victoria electoral en su permanente campaña, que es su seguro para seguir en el poder, por lo que se entiende su "delirio" de amor por la gran masa de desposeídos.
El punto que quiero resaltar es que el amor humano es enemigo del proceso revolucionario, pero el amor mediático, esa expresión de gratitud de los grandes artistas para con su público, de los que sólo creen en grandes números, de los que llenan estadios completos y le dicen a una masa informe que la aman, es el amor de los políticos, el amor del líder por sus seguidores, que sólo es posible vía micrófonos, cámaras de televisión, grandes pantallas, avenidas llenas de altavoces, gigantografías de la estrella abrazando niños y viejitas, de grandes concentraciones de muchedumbres donde se hace catarsis colectivas con el ideal del padre-Dios, dador de tantos favores y centro de la ilusión del cariño de la masa por el conductor necesario sin el cual dicha masa quedaría huérfana y desposeída, a merced de los antropófagos intereses imperialistas.
Hitler fue el gran pionero de estos actos masivos de amor colectivo hacia el pueblo, con su verbo encendido los llevaba hasta el paroxismo sexual y desataba en ellos sentimientos incontrolables de histeria; Willheim Reich fue el primero de los psiquiatras de masas que estudió el fenómeno de esa relación cuasisexual que se establecía entre el líder y sus seguidores. Hay numerosa bibliografía sobre la forma en que Mussolini y luego Hitler llevaban a la masa casi hasta el orgasmo: comenzaban sus verborrágicos discursos con una voz baja y profunda y a medida que la masa iba interiorizándose, el tono de voz se hacía más agudo, más alto y las gesticulaciones cada vez más agresivas, hasta llegar al paroxismo. Tanto el sujeto como el objeto de los discursos de éstos dos dictadores son los mismos de los dictadores actuales, solamente con el nombre cambiado.
Pero como con todo acto circense, el tiempo se encarga de erosionar la magia del espectáculo. La realidad se impone y cuando los hombres y mujeres, que han sido llevados de un lado al otro en autobuses, a pasar molestias y trabajo para llenar huecos en la audiencia, para marchar en las avenidas y llenar las plazas, cuando ya el discurso es repetitivo y cansador, cuando las promesas no se cumplen, cuando el ideal no se concreta y, de regreso a casa, tienen que enfrentar la misma miseria y desaliento, entonces el pueblo empieza a dudar de su relación con el líder, de ese amor que no es amor. En ese momento se caen las caretas y se dan cuenta de que en realidad todo había sido un engaño, que simplemente fueron usados para satisfacer una perversión, personalísima, con nombre y apellido.
Referencias: A.Gramsci,H.Marcuse, F.Hegel,I.Singer,D.Hume.
Alvaro Kröger
viernes, 11 de mayo de 2007
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